miércoles, 16 de mayo de 2012

El misterio del solitario.

Un niño está sentado en un cajón de arena haciendo un castillo. El niño construye continuamente algo nuevo, lo mira con gran entusiasmo y lo vuelve a aplastar. De la misma forma actúa el tiempo con el planeta. Aquí está escrita la historia del mundo, aquí están grabados, y luego borrados de nuevo, todos los acontecimientos. Aquí bulle la vida como en un hervidero. Y aquí también nos modelarán a nosotros un buen día, con el mismo material frágil que a nuestros antepasados. Aqui el viento del tiempo nos mece, aquí nos lleva puestos, aquí es nosotros, pero nos vuelve a soltar para que nos caigamos de bruces. Se nos hace aparecer y desaparecer por arte de magia. Siempre hay algo fermentando, algo esperando ocupar nuestro puesto. Porque carecemos de tierra firme bajo los pies. Ni siquiera tenemos arena, somos arena.
El tiempo no pasa. El tiempo no hace tictac. Nosotros somos los que nos movemos, nuestros relojes son los que hacen tictac. Tan silenciosamente como el sol sale por el este, y se pone por el oeste, el tiempo devora su camino a través de la historia. Echa por tierra grandes civilizaciones, corroe antiguos monumentos y devora generación tras generación de seres humanos. Por eso se dice eso de “diente del tiempo”. Pues el tiempo mastica y mastica, y es a nosotros a quienes tiene atrapados bajo sus fauces.
Durante un breve instante, formamos parte de vertiginosas actividades. Corremos de un lado para otro como si eso fuera lo más natural del mundo. Ya has visto a las hormigas ahí arriba, en la Acrópolis. Pero todo esto va a desaparecer. Desaparecerá y será sustituido por un nuevo hormiguero. Porque hay gente aguardando cola. Las formas vienen y van. Las máscaras vienen y van. Siempre surge algún nuevo invento. Ningún tema se repite, ninguna composición aparece dos veces... No hay nada tan complicado ni tan costoso como un ser humano, hijo mío. ¡Pero somos tratados como baratijas!

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